MIRALL MOGUT* (*miroir flou; catalan): le blog de Fred Romano

Fred Romano, écrivain et artiste, a du faire face à la sclérose multiple. Elle a trouvé une cure et repris goût à la vie et à l'écriture. En 2011, elle a publié son nouveau roman en français, Normal aux éditions Kirographaires www.edkiro.fr/normal.html

26 mars 2013

Una historia de amor

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Cuando nos conocimos, éramos jóvenes súbditos del mar, anhelosos de luz y de vida. Nuestro encuentro fue fruto de la casualidad. Seguía los pasos de una película de culto, More, en la isla vecina y tan sólo encontré las frías cenizas de la quemazón.  Huyendo del desengaño, me subí al primer barco y de esta forma, caí en tus redes. Tus ojos eran pozos azules en los cuales me quería anegar, quería vibrar al compás de esa onda entre turquesa y verde, estriada por las veloces formas que escondías, todo un universo en el umbral de tus contornos. Tu pelo era ralo pero de raíces potentes y atormentadas, atiborrado de flores endémicas, de misterios vegetales, de enigmas medicinales y de bálsamos embriagadores. Entre tus faldas ocres, escondías franjas de vida o sigilos milenarios, tesoros de piratas o fajos de estraperlistas, conchas anacaradas u ojos venusianos.  Sentí en lo más hondo de mi carne que me correspondías. Adulaba tu materia, esculpida por los vendavales del mar, una belleza nacida del enfado, más allá de las normas. No podía dejar de contemplarte al atardecer, cuando los cambios de color de la puesta del sol desvelaban la integridad de ese primor tuyo, que hasta asustaba. Aunque otros te conocieran antes, eras aún una virgen aureolada de tu inocencia, ofrecida en su entera generosidad. Lo nuestro fue una fusión ardiente, agotando las palabras, resumiéndolo todo a tú y yo, una sublimación de nosotros unidos a la superficie del mar y perdidos en el universo. Nos consagrábamos el uno al otro sin tomar aliento, adoradores de lo perfectamente efímero. Al final de las vacaciones, nos separábamos sin una mirada hacia atrás, sabiendo que, año tras año, reanudaríamos nuestro agraciado idilio como si no hubiera transcurrido ninguna interrupción. De hecho, durante años, me otorgaste el absoluto disfrute de tu presencia ocasional. Pero nada dura eternamente, debería haberlo sabido. Quizás tiré demasiado de la cuerda, sin querer enterarme que, por muy perfecta que fuese nuestra pasión, tenías tus propias necesidades, cotidianas e intimas. Sé que recurriste a la cirugía estética para paliar los ultrajes del tiempo, aunque en realidad no creo que necesitases esa renovación y por esta razón no quise venir ese mismo año. Me dijeron que te habías vuelto muy linda, pero yo añoraba ya tus arrugas y tus pequeñas imperfecciones que te hacían tan deseable. Pero me daba igual, porque te adoraba tanto que no me importaba lo que cambiaras.

 

Claro, con ese nuevo aspecto tan pulcro, no tardaron en manifestarse nuevos pretendientes. Yo no estaba por prohibirte nada, ni siquiera me atrevía a opinar, lo nuestro siempre se había basado en una absoluta libertad y no iba a modificarlo porque sí. Al fin y al cabo, nosotros disfrutábamos de nuestra pasión tan sólo quince días al año, demasiado poco como para forzarte a centralizar toda tu existencia en ese corto periodo. Así que tuviste muchos otros amantes, como si se tratase de una competición. Llegaban chárteres hambrientos. Pero a mi no me importaba. Yo venía en mayo, justo antes de tus queridos italianos o alemanes, y todo seguía igual en mi idealizada ceguedad. Pero un año, vinieron tantos que en todo el Mediterráneo, se murmuraba que te habías vuelto una prostituta, que te entregabas a todos y por muy poco. Yo no les hice caso pues te amo y nuestra pasión esta muy por encima de todos tus ligues veraniegos.

 

Pero, alma mía, estoy preocupado. Estabas tan cansada a final de temporada que cuando vine en mayo, encontré preservativos usados por doquier. Peor aún, en la oficina multinacional dónde trabajo todo el año para poder reunirme contigo en primavera, me hablan de ti, de tus dotes para relajar a los estresados, de tu gran libertad sensual, de tus aromas y sabores, de tu maravillosa autenticidad. El trader danés del piso superior, que se cree muy enterado de todo, me ha entrado en la cafetería, guiñándome un ojo cómplice:

-          Oye, tú que te las conoces todas ¿has oído hablar de la isla de Formentera?

 

Fred Romano www.FredRomano.canalblog.com   1999

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